Mejores que las pantallas

Todos utilizamos el WhatsApp para comunicarnos, lo que significa que las compañías de telefonía han dejado de competir entre sí: una aplicación facilitadora de conversaciones es ahora su nuevo rival. Nuevas conversaciones en las que la gente ni se ve, ni se mira, ni está.

Las pantallas con conexión a Internet nos permiten asistir a conferencias, ver películas, leer libros (electrónicos), comprar ropa o felicitar a alguien por su cumpleaños.

Estas actividades virtuales tienen una consecuencia directa en la vida real: cada vez que estamos detrás de una pantalla, dejamos de estar en otro lugar. Por eso, está desapareciendo todo aquello cuyo valor percibido es inferior al que ofrece su versión digital.

No sé si será por el atractivo del gadget como regalo navideño (me refiero al e-book), pero la venta de libros de bolsillo cayó un 12% el año pasado. Los lectores los sustituyeron por pdf’s.

Con el cine pasa igual. Las salas cierran mientras que las páginas de descargas reciben miles de usuarios cada día. La gente quiere ver películas y se busca la manera más fácil de hacerlo: quedándose en casa.

Sin embargo, este nuevo escenario tiene otra cara. La de quienes optan por crear algo que una pantalla no puede reemplazar ni hacer mejor. Y así, nacen ediciones de libros y revistas que convierten cada publicación en un objeto tan deseable como su contenido. O nuevas salas de cine que incluyen un pequeño restaurante donde reunirse antes o después de la película y tener conversaciones llenas de miradas y de risas de las que suenan.

Igual que las máquinas liberan al hombre de trabajos “de máquina”, lo digital nos reta a crear experiencias menos planas y más brillantes que cualquier pantalla. Ahora, cada vez que quedamos con alguien, es porque de verdad nos apetece estar con esa persona. Si no, con Facebook tenemos bastante. Por tanto, las relaciones que se desarrollan fuera de la red, también salen ganando. En el caso de los objetos, el valor de su apariencia se hace necesariamente mayor cuando justifica su propia existencia. Entonces, se diseña mejor y se produce mejor. El resultado (en ambos casos, experiencias y productos) es algo real que no compite con lo digital, porque es diferente. Por fin, ha evolucionado.

Podría decirse, entonces, que el gran potencial de lo digital no está tanto en lo que ocurre dentro de las pantallas, si no en todo lo que hace que pase fuera. Posiblemente, ésta sea su verdadera y más enriquecedora aportación social.

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